martes, 14 de abril de 2015

La parábola del marido millonario

Foto de: www.maduradas.com
“Antes, en la Cuarta, a nosotros no nos daban nada. Hoy, votar por el gobierno, es como tener allí a tu marido millonario: tú no trabajas ni nada e igual siempre recibes algún dinero. Sigan hablando así y voten por los escuálidos para que ustedes vean lo que es malo”

Con este comentario tan duro, pero tan real, definía un conocido chavista la relación que se da en la Venezuela actual entre el binomio Gobierno–“Pueblo”. La oportunidad de poner en el tapete cómo el PSUV viola todas las disposiciones, leyes, potestades, derechos públicos, humanos y privados, para seguir alimentando su fantasía de comunismo tropical, con visos bárbaros de la calidad de Pol Pot, queda en el aire. Y, a veces, hasta parece un intento fútil en pro de cambiar la mentalidad de quien, simplemente, no puede o no quiere cambiar. Es imposible pensar de otra manera, porque esta frase representa, en mi humilde opinión, todo el compendio del pensamiento del “chavista” –¿venezolano? – promedio, que viéndose de la circunstancia de no tener los estímulos necesarios para producir, cae en los seductores brazos de un gobierno que, como buen hombre violento, aprovecha su fuerza para pegar cuando la esposa –pueblo– reclama lo que se merece: respeto, libertad y autodeterminación.
El “Pueblo de Venezuela”, eufemismo  horrible que durante todas las épocas ha hecho de los gobiernos amantes de una ciudadanía pobre e ignorante, se ha sometido como buen cordero al holocausto ante la  presión de los mandatarios todopoderosos, quienes en estos momentos emplean más de la mitad de la fuerza productiva del país, controlan el 70% de la distribución de alimentos y generan aproximadamente el 95% del PIB de la nación. ¿Cómo llegamos a esto? Es la pregunta que muchos nos hacemos. En mi opinión, entre la miríada de razones que se pudiera ofrecer, cobra mucho peso el hecho de que, en Venezuela, este cuento del “marido” Gobierno no empieza ni con el muerto del Museo de Historia Militar, ni mucho menos con el intento democrático de los 40 “terribles” años, sino que está en la psique del venezolano desde mucho antes. Chávez es uno más, un ejemplo de Cipriano Castro, de Joaquín Crespo, de los Monagas, de “El León de Payara”, de Luciano Mendoza, de los Ducharne, de Juan Vicente Gómez, de todos aquellos que asumieron la conducción de un país devastado por una guerra de independencia terrible, la más sangrienta que hubo en toda la América. Según varios académicos, estos caudillos surgieron ante la necesidad de poner orden al caos de los primeros años republicanos, cuando mucha gente no entendía de qué se trataba ese asunto de la República y del Estado, ya que antes todas las órdenes y decisiones emanaban del Rey de España.
Sin embargo, los caudillos no nos abandonaron, sino que siguieron y siguen teniendo más importancia, en nuestra historia, que las virtudes republicanas, tal como se evidenció durante los 14 años en los cuales Hugo Chávez gobernó Venezuela como si esta fuera su finca personal, y gran parte de la población se adhirió a la idea de volver al peonaje. Su carisma, su cercanía con los “patas en el suelo” a los que por supuesto les exigió, y les prodigó amor, no hizo más que crear esa fantasía, entre los seguidores del chavismo, de que está bien vivir del Estado y, es más, hasta resulta un derecho adquirido por simplemente vivir en Venezuela. El paternalismo de la Cuarta República se juntó con el mesianismo, para poco a poco ir atando a una población ya proclive a las dádivas, a una situación de dependencia en la cual la misma subsistencia depende de la adhesión al sistema y del culto al caudillo.
Es un sistema perverso, claro está, porque mezcla el atávico culto al héroe con las más refinadas formas de control que fueron desarrolladas en los laboratorios de poder de la Unión Soviética. Su efecto es mucho más difícil de mitigar por esa falta de iniciativa que, a lo largo de nuestra historia, los venezolanos hemos tenido para intentar cambiar nuestro destino, bien sea por la falta de oportunidades para quienes las requieran, por haber invertido más en cualquier otra cosa que en la educación de la juventud o por no haberse propiciado la iniciativa individual. El chavismo es una consecuencia de esto: donde no hay iniciativa queda el resentimiento y la envidia; donde hubo violencia, seguirá habiendo violencia; donde hubo ignorancia, campearán –a sus anchas– las mentiras y el proselitismo. Los mensajes esperanzadores de Capriles y de muchos intelectuales, como Carrera Damas, de que el “pueblo venezolano” es trabajador, honesto, humilde y proclive a la democracia, son abofeteados por la dinámica del día a día de una parte importante de la población, que hizo suyo el mensaje del odio, del racismo a la inversa y de la tiranía del “proletariado” para no pensar en el futuro, para destinarse a vivir a costa de un marido millonario que envilece y tortura, que obliga a no pensar en otra cosa que en la retaliación y la venganza contra una “no sé qué burguesía”, en vez de pensar en constituirse en ciudadanía, con todos los significados económicos y de progreso que esto implica para las sociedades.  


Por Erwin López

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